jueves 3 de abril de 2008

DE ARQUíMIDES Y CERVANTES




Descartes murió atormentado porque nunca pudo hallar la forma de distinguir entre el sueño y la realidad. Gustav Meyrink solía decir que cada vez que nos despertamos por la mañana no abandonamos el sueño sino que nos hundimos en un sueño todavía más profundo porque creemos una mentira más: la de que hemos despertado. Y Borges es cruel al afirmar que la realidad es aquella especie de sueño en la que tenemos la convicción de que no estamos soñando. Quizás todos hemos tenido un sueño que nos golpea de tal forma que cambiamos para siempre. Y quizás todos hemos deseado alguna vez suicidarnos, es decir, despertar de esta pesadilla que llamamos realidad.

El problema de distinguir la realidad del sueño ha preocupado a filósofos, a artistas a científicos... Ha atormentado a la humanidad hasta el grado de que ha tenido que desarrollar la lógica, perfeccionar los experimentos y desarrollar el método científico como una forma segura de crear una realidad confiable. Y lo ha logrado: el papel en que escribo, la ropa que usamos, este edificio son producto de las proezas de nuestro intelecto. Hemos podido separar la realidad del sueño tan eficientemente que somos capaces de construir cosas como estas. Y sin embargo, el sueño sigue siendo más real que la realidad, porque lo real es aquello dentro de los confines de nuestro entendimiento. Por otra parte, los sueños están hechos de todo lo que nos sobrepasa y por eso nos parece absurdo, inexplicable, inexistente. El ser humano es arrogante y cree que puede entender y dominarlo todo. Einstein solía decir con razón “Sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana... y no estoy tan seguro de la primera”. Nuestra propia pequeñez nos hace olvidar que somos incapaces de comprender siquiera una ínfima parte del mundo que nos rodea.

Arquímides, asesinado por un soldado romano mientras hacía trazos sobre la costa de Siracusa para resolver un teorema, no es diferente de Cervantes que murió poco tiempo después de haber matado a su don Quijote. En el fondo Cervantes y Arquímides son el mismo, el científico es el mismo que el artista; se interesan sólo en los sueños porque saben que en ellos se haya la semilla del universo. Enfrentar el sueño es enfrentar la propia estupidez, es invocar a la pesadilla que amenaza con destruir lo que conocemos.

Quiero finalizar con algunos versos que Rubén Dario le dedica al peregrino de los sueños y caballero andante de las pesadillas que fue Don Quijote de la mancha:

Noble peregrino de los peregrinos, [... protégenos]

contra las certezas, contra las conciencias

y contra las leyes y contra las ciencias,

contra la mentira, contra la verdad...

sábado 2 de febrero de 2008

A UN ADMIRADOR DE TARANTINO

curiosa tu forma de inventarte enemigos; si no hubieras mencionado a nietzsche me hubiera parecido un poco estúpida. supongo que ante tu indiscutible dialéctica no me queda otra opción mas que acceder. no se si será justo pero será divertido, siempre has sido muy gracioso.

miércoles 8 de agosto de 2007

ADIVINA ADIVINADOR

Les propongo un juego. Aquellos que se precien de ser buenos lectores (tengo la teoría de que los que más presumen son, generalmente, los que menos leen) pueden probar aquí sus habilidades. Les dejaré algunos personajes; ustedes tienen que jugar a acertar quién fue el autor que los concibió (no se preocupen, se trata sólo de grandes autores):

1.- Voldemort (este es un regalito)
2.- Abdul Alhzred
3.- Isidro Parodi
4.- Didi y Gogo
5.- Molly y Leopold
6.- Susana San Juan
7.- Demetrio Macías
8.- Clavileño
9.- Trotaconventos
10.- Domine Cabra

Coloquen sus respuestas como comentarios y reproduzcan el juego en su sitio/blog

lunes 6 de agosto de 2007

EL SONIDO DEL ESPACIO


Brenda Salgado fue una figura excepcional. Terminó sus estudios en 2017: no se graduó con honores, ni tuvo alta puntuación, ni fue recomendada por nadie (la marca del genio es la mediocridad; la del estúpido, el éxito). En 2018 publicó un trabajo nada memorable. En el 21 estaba embarcada rumbo a Júpiter a bordo del DNAHunter-1. Llegaron a su destino, Europa, siete años más tarde. Antes de descender sobre la superficie de la luna joviana, Salgado pronunció estas palabras en la que sería su última y más conocida conferencia “Las supersticiones sólo se diferencian de la ciencia en que ya se ha comprobado que aquéllas son falsas”. Su figura escuálida y sus ojos desinteresados aparecieron en nuestras pantallas tal como si los viéramos de frente, pero estaban a millones de kilómetros y para cuando recibimos su transición quizás, allá en Europa, estarían mirando lo que sería su muerte o quizás estarían ya muertos.

En los meses siguientes no se recibió imagen o sonido alguno. Del espacio sólo llegaba el horroroso eco de nuestras propias transiciones parásitas y, más allá de él, un prolongado silencio.

Tardamos sólo catorce meses en preparar una misión de rescate. Nuestra nave ostenta el poético nombre de Hapiness, aunque, en realidad, merece más el de SúperChatarra-1: un casi avión impulsado con la impaciencia de los inversionistas por recuperar su costoso equipo del DNA.

Durante el viaje, me vino a la mente un episodio de mi infancia. Cuando era pequeño, perdí a mis padres en una estación de tren. Estaba detrás de un mostrador escuchando a los empleados preguntar mi nombre y remover los teléfonos. Todavía recuerdo a una empleada, o más bien, la mano de una empleada que me reconfortaba y me acariciaba la cabeza. Pensé que nunca volvería a ver a mis padres y cuando me recogieron no pude creer que desde solté la mano de mamá hasta que me abrazó de nuevo sólo transcurrió una media hora escasa. Muchos años después, a bordo del Hapiness, a nosotros correspondía el papel del rescate, pero el escenario no era una estación de tren, ni siquiera una ciudad completa y, sobre todo, intentábamos salvar a una nave mejor equipada que la nuestra, a una tripulación más entrenada, a una misión más consistente... Todo me parece un despropósito, como me lo parecería confiar a ese niño del mostrador el rescate de su madre.

Algo totalmente inesperado sucedió en nuestro viaje. Algo contra lo que ningún ingeniero o método de seguridad podía defendernos. Dejamos nuestro planeta en paz pero al poco tiempo de partir, los ánimos se enrollaron y estalló una guerra amenazante. Los pormenores de lo que sucedió no son relevantes; baste decir que nuestras emociones se retorcían impotentes al presenciar la destrucción de países y seres humanos. El Hapiness se convirtió en el vestigio de un país -de una unión de países- que iba dejando de existir. Pronto la comunicación con los científicos en tierra fue disminuyendo hasta que, más por abandono que por decisión, resolvimos apagar las transmisiones y navegar en el silencio.

Después de varios años penosos, el fantasma de la guerra y la muerte de dos de nuestros compañeros, Júpiter apareció en nuestras pantallas y en nuestros oídos. Lo primero que captamos fue su queja, la voz de su núcleo que al frotarse contra las ondas de la nada produce un sonido muy parecido al canto de las ballenas. Luego, su imagen; se podía ver por las escotillas al gigante de gas recorrido por su frenética mancha roja -la misma que observara Galileo hace más de cuatrocientos años-; por sus bandas nerviosas como serpientes que se devoran entre sí y por sus lunas, furiosas y fieles como las antiguas amantes del dios griego.

Apareció el DNAHunter-1 en órbita alrededor de Europa y su presencia fue como un antídoto para nuestros dolores. Nos acercamos cuanto pudimos, pero debido a la tosquedad del Hapiness, el acoplamiento definitivo tenía que llevarse a cabo por nosotros mismos. Para entrar habríamos de abandonar la nave y avanzar un largo recorrido sólo protegidos por nuestros trajes. Decidimos que Allen se quedaría en el Hapiness y que Guadaña y yo saldríamos en busca de supervivientes. La travesía fue horrible: desde las escotillas, el enorme DNA se veía cercano, quizás como cuando las montañas aparentan estar a unos cuantos pasos de distancia y sin embargo, se puede caminar durante días sin que su figura se agrande. Guadaña y yo avanzamos, tocamos la nave, introdujimos la misma clave de Salgado y entramos. Todo estaba intacto: los camarotes, el puente, las consolas... Avanzamos por pasillos interminables sin hallar señal de vida. Repentinamente, en la sala de control, las luces se encendieron. Un principio de miedo o alegría nos recorrió, pero al ver que las computadoras se iniciaban tranquilamente y que la sala se hacía más cálida, comprendimos que no era sino el DNA que nos daba la bienvenida. Fue un saludo triste y sin sentido, detrás de él no había sentimiento alguno, sólo la respuesta automática de una máquina que nos detectaba.

La nave estaba intacta pero desierta. No había rastros de Salgado ni de su tripulación. Fue sólo después de una búsqueda fatigante y justo antes de darnos por vencidos, que Guadaña encontró un archivo de video. En él, aparecía Salgado. Aunque no las transcribí, sus palabras marcaron de tal manera mi memoria que pueden considerarse exactas:

Buscábamos vida extraterrestre y la hemos encontrado aunque jamás hubiera podido imaginar las condiciones. Afuera de nuestra nave, apareció un resplandor que nos rodeaba. Se parecía a un cometa con muchas colas o a una araña con patas infinitas y multicolores. Danzaba ante nuestros ojos, verlo moverse era como presenciar un bosque acariciado por el viento o como estar en la costa y sentir un oleaje suave en los pies. No sé cómo penetró en la nave ni cuáles eran sus intenciones, pero de pronto estuvo entre nosotros. Entonces pude ver lo que ninguno ha visto: vi la inmensidad del universo, lo vi dilatarse en el tiempo y en el espacio interminablemente, y entonces supe que sería mejor calificarlo como nausea o vómito en vez de infinito, porque esas palabras transmiten mejor sus características; vi civilizaciones abundantes como hormigas que lo devoraban todo y todo lo destruían y después se convulsionaban como un cuerpo enfermo y su esplendor y su grandeza se diluía con el olvido; vi monstruos tan grandes y tan pequeños que no cabrían en nuestros ojos ni en nuestras mentes, momentos hubo en que el universo entero bullía lleno de seres inconcebibles, de tan variadas formas que no alcanzarían todas las palabras de todas las lenguas para nombrarlos, y hubo otros en que el universo era un deserto inhóspito y frío y vacío de toda vida y todo ser; vi morir estrellas y galaxias y familias de galaxias y vi a otras tomar su lugar y morir de nuevo; vi el surgimiento de las montañas, de los lagos; vi nuestra civilización y apenas me pareció un suspiro lleno de tristeza; vi las espadas y los caballos y las aguas manchadas de sangre; vi la guerra que trasformó a mi planeta en un yermo polvoso cubierto tumbas; vi mi nave y mi tripulación y me vi a mí misma mirándolo todo; vi el rescate vano y los asesinatos en el Hapiness; los vi entrar en mi nave, recorrer interminables pasillos, asustarse o alegarse con la luz, mirar este mensaje, intentar regresar a su nave y perderse en...

Guadaña no dejó que terminara la frase; lanzó una pieza de metal contra la pantalla y después de un chispazo la grabación se detuvo. Nos precipitamos a la salida sin decir una palabra pero sabía que lo atormentaban las mismas preguntas que a mí ¿dónde estaba la tripulación entera?, ¿cuándo murieron? o mejor aún ¿estaban muertos? pero sobre todo ¿cómo se enteró Salgado de la guerra y de los detalles del trayecto y de nuestra entrada...? Quizás todo era una broma y se estaba riendo de nosotros ahora mismo y pronto nos sandía al encuentro con una taza de café y sus disculpas. Pero nada de esto sucedió.

Antes de salir, me convencí de que todo lo que dijo era producto de una alucinación aunque no me logré explicar explicar cómo lo supo. Afuera, a la mitad entre el DNA y el Hapiness, ya no supe si las palabras de Salgado eran mentira o realidad. No había razón para no llegar a la nave, estaba muy cerca, al alcance de nuestros esfuerzos. Pero recodé la guerra y me di cuenta de que tampoco había una razón para regresar. Además, estaban las últimas y amenazantes palabras se Salgado que profetizaban nuestro fracaso. Guadaña pareció darse cuenta del mismo problema; volteó su casco hacia mí y me propuso que lo decidiéramos con un juego de suerte. Las reglas de su juego eran simples: teníamos que mover nuestros brazos al tiempo que con la mano formaríamos una de tres figuras: roca, tela y navaja; la roca pierde frente a la tela, la tela frente a la navaja y la navaja frente a la roca. Si yo ganaba nos quedaríamos ahí; si él, regresaríamos al Hapiness.

Jugamos, pero escogimos el mismo signo. Ya no cruzamos ninguna palabra. Ni siquiera quise moverme y Carlos Guadaña pareció decidir lo mismo. No impedí que el movimiento hacia adelante que hice con mi brazo me impulsara lentamente hacia atrás ni que se transformara en la distancia que cada vez más me separaba de la nave y de mi compañero. Al cabo de un tiempo, Guadaña se transformó en un punto y después en nada. Falta poco para que mis reservas de oxigeno se agoten. En la increíble sucesión de monstruos que Salgado describe, mi muerte o mi supervivencia no significará nada para el universo, de todos modos, he decidido o he creído decidir no morir asfixiado, voy a quitarme el cas...

Juego


Hay que copiar el segundo párrafo de la página 139 del libro que estés leyendo

"Sin una razón concreta, sólo para no verse obligado a volver aún al escritorio, abrió la ventana."

Kafka, Franz, El proceso, Alianza Editorial, España, 2000.

sábado 28 de julio de 2007

SIN TÍTULO, 2005


No es ninguna novedad que él ha desaparecido. Escribo esta carta como último recurso, aunque no sé para qué. Quizás con la esperanza de que aquellos que me sobrevivan (estoy ya por cumplir mi septuagésimo aniversario) sepan interpretar mejor los hechos que yo tanto he desmenuzado inútilmente. Seguramente lo hago para acallar mi conciencia y convencerme a mí misma que no he dejado una piedra sin mover ni una puerta sin llamar, sobre todo ahora que he hallado nueva evidencia sobre el caso. La evidencia no es ni de lejos abundante pero sí contundente si se toman en cuenta los intervalos de tiempo. Dicha evidencia se reduce a la nota número 1 (nótese sobre todo la fecha) que yo he agregado al segundo de los dos textos de mi esposo. A continuación, una transcripción íntegra de ambos:


Texto uno:

Todo comenzó desde que el profesor Ganem se ausentó (¿está de más para este relato agregar que fue sin razón aparente?), así que yo tuve que cubrir su puesto frente al grupo; la molesta burocracia educativa no permite abandonar a los alumnos a mitad de curso, pero tampoco, como es de suponerse, nos permite a los investigadores dejar nuestras ocupaciones. Durante algún tiempo tuve que lidiar con muchachos en el día y mirar por el telescopio en las noches; mi cuota de sueño era de escasas tres horas continuas y algunas distanciadas siestas de diez minutos.

...

Me despertó un grito de Carla. Ella estaba frente a mí empuñando un cuchillo. Yo tenía la camisa ensangrentada y entonces la abofetee. Estábamos en la cocina; lo último que recordaba era que yo estaba picando vegetales para preparar el desayuno. Carla estaba en el suelo, la golpeé demasiado fuerte y ahora estaba atontada y con la boca sangrando. Fue entonces cuando sentí el dolor en mi dedo, al principio fue sólo una pequeña punzada, un picotazo; después, un dolor que me acalambraba la mano. Me faltaba un gran pedazo de piel y músculo, de modo que me podía ver el hueso ensangrentado.

Cuando regresé del hospital, la cocina parecía impecable: la sangre, el cuchillo, la tabla de picar estaban lavadas y guardadas meticulosamente. Tampoco estaban Carla ni sus cosas.

Esa noche soñé pesadillas sucesivas y diferentes: que perdía el brazo completo; que me hacían un implante de piel de cabra, que un gallo me picoteaba los ojos... Al día siguiente nada me importó, dejé el teléfono portátil, tomé el automóvil y manejé varios cientos de kilómetros. Me detuve en el primer hotel vulgar que encontré; la fachada tenía un letrero, iluminado con una penosa lámpara, que decía “Miércoles a mitad de precio”. Bajé las maletas y me dispuse a descansar. Extrañamente, esa noche no tuve sueño; en el cuarto no había televisor pero me distraje con las risas, las maldiciones y los gritos de mis vecinos. Al día siguiente no sucedió nada interesante; el que me haya visto, dirá que deambule con los ojos irritados, comí algo y cambié con alguien algunas palabras. La noche, invariable: no pude dormir. O mejor, debería decir: las noches; no sé cuánto tiempo pasé en ese hotel sufriendo el terrible estado de vigilia. Cuando estaba en la universidad luchaba, contra mis deseos, por mantenerme despierto. Pero ahora sucedía lo contrario, luchaba por dormir y era como si mi cuerpo y mi cerebro ya no quisieran descansar.

...

Me despertaron los golpes de la camarera. El reloj marcaba las dos de la tarde; el dueño quería saber si le iba a pagar otra noche o exigía que abandonara la habitación inmediatamente. Le dije que iba a bajar. Me sentía de maravilla, estaba descansado y alegre. Mi mente estaba despejada y vi todo con claridad. Inmediatamente me preocupé por mi actitud con Carla, tenía que hacerle cuanto antes una llamada telefónica y quizás comprarle unas flores. Me asomé por la ventana para buscar un mercado donde comprarle algo que sirviera para disculparme. Afuera sólo estaba la carretera, una llanura inmensa y un hombre colocando un letrero en la fachada que decía “martes mitad de precio”. Entonces me sorprendí ¡había estado en ese hotel casi una semana completa y casi ni lo recordaba! Seguro todos me estarían buscando y Carla estaría muy preocupada. Me apresuré a afeitarme, bajé las escaleras y pagué.

Cuando llegué a casa, Carla me saltó al cuello y me llenó de besos. Inmediatamente después, se enfadó conmigo y me reprochó no haberle avisado de mi salida. Había pasado la noche muy preocupada, llamó a mi madre y en el teléfono de la policía le dijeron que para considerarme desaparecido tenían que pasar más de 48 horas. Estaba alterada y contenta pero me sorprendió que no mencionara absolutamente nada de lo que sucedió en la cocina. No tenía ningún moretón y deduje que una semana era más que suficiente para se le hubiera borrado. Le tomé las manos lleno de alegría y fue entonces cuando dio un salto hacia atrás, estaba horrorizada por mi cicatriz. "Es muy fea, Carla, pero no es para tanto”, le dije.

Estaba muy enfadado con ella; fingía no recordar el accidente, la pelea ni la cicatriz, así que nos fuimos a la cama molestos. Al día siguiente, sonó el reloj a las ocho de la mañana, era un miércoles, Carla estaba a mi lado y decidí quedarme dormido un poco más. Me puse boca abajo para evitar la luz que ya entraba por la ventana. Pero ojalá nunca lo hubiera hecho. Ese simple movimiento revivió en mi memoria por completo aquello que me había sucedido las otras noches.


Hasta aquí lo escrito por mi esposo. No puedo leerlo sin dejar de recordar aquella época funesta: su pequeña pero inexplicable cicatriz y su talante preocupado y melancólico. Esa mañana me contó algunos trozos de “aquello que me había sucedido las otras noches”. Yo no le creí entonces, de la misma forma en que nadie me cree hoy. Pero fue su desaparición definitiva lo que me hizo convencerme. Lo que me narró esa mañana es, más o menos, lo que se conserva en el siguiente texto:


Texto dos:

El duro ritmo de la universidad -clases durante el día y observaciones durante la noche- me había provocado trastornos del sueño; es por eso que algunos aspectos de mi experiencia puede atribuirse fácilmente a una debilidad, una mera flaqueza de la razón y no a fuerzas indescriptibles. Los otros, aún me tienen trastornado. Soy astrónomo y mi formación no incluye una especialización en física como la que me es necesaria en estos momentos. He investigado inútilmente y no he llegado a ninguna conclusión razonable. Por un lado, está ese famoso físico mexicano, Alcuvierre1, que afirma haber descubierto una técnica para viajar en el tiempo. Por el otro, el grupo de los que no creen que sea posible, encabezado por el famoso Stephen Hawpkins. Sin embargo, todo es nada más que conjeturas sin pies ni cabeza que explican mi experiencia de un modo puramente fantasioso.

No supe cómo llegué afuera ni cuándo abandoné el hotel. Pensé que hacía una noche perfecta y lamenté no llevar conmigo el telescopio. Me quedé mirando fijamente el hermoso resplandor rojo de Antares. Después de un rato, noté que la estrella comenzó a deformarse. Decidí que se trataba de un efecto producido por mi cansancio, así que giré la cabeza y repasé las imponentes constelaciones del norte, Dragón, Cassiopea, Pegaso... No había nada raro en ellas y casi olvidé lo de Antares. Fui dando vuelta a la bóveda celeste hasta llegar al punto del que partí, y ahí estaba de nuevo. Se trataba de la misma deformación, aunque aparentaba tener mayor tamaño. Las estrellas cercanas me sirvieron de referencia para medir con exactitud su brillo. La deformación creció y fue opacando una tras otra estrellas. Antares ya no me parecía tan brillante y pronto la cosa era lo más brillante de todo el cielo. No podía tratarse de una estrella fugaz y por el rápido descenso en la magnitud, me pareció improbable que hubiera descubierto una supernova (casi sonreí al pensar bautizarla con mi nombre). Era algo que nunca había visto “Es un efecto óptico común”, me dije, “una perturbación en la atmósfera, una masa de aire caliente, un satélite artificial...” pero mientras más explicaciones encontraba, me parecían más y más absurdas. Pronto, todo a mi alrededor comenzó a brillar con un resplandor parecido al de la luna llena. Me tallé los ojos de nuevo, mire hacia el piso, me miré las manos (ahí estaba mi herida claramente iluminada), y el resplandor se hacía cada vez más fuerte.

Cuando me di cuenta ya estaba tirado bocabajo y cubriéndome el rostro. Podía ver incluso a través de mis párpados el sólido resplandor blanco, tan intenso que me producía dolor. Pero no estaba sólo en ellos: sentía que me atravesaba como a un vaso de agua transparente. Repentinamente, mis dientes comenzaron a vibrar como un zumbido de avispas, como si cada uno de ellos se golpeara contra todos los demás. Comprendí que lo hacían no tanto debido al miedo como a la luz, podía sentir a esa maldita luz penetrar mis cavidades oculares, rebotar en mi cráneo y a fuerza de golpes hacerlo vibrar.

Escuché las risas. Primero de lejos. Pero se fueron acercando hasta formar una especie de círculo a mi alrededor. Había momentos en que sonaban muchas al mismo tiempo; otros, en que se detenían y hacían zumbidos o balbuceos. Después, las sentí aún más cerca, me pasaban encima descaradamente y no pasó mucho antes de que sintiera algo en el tobillo. Estaba movilizado y apenas podía respirar, así que no pude emitir ni siquiera un grito. Me alzó el pantalón lentamente y lo sentí dudar antes de atreverse a tocarme la piel. Era algo frío y viscoso pero no podría decir si se trataba de un dedo o de una pata ¿Qué era eso que tocó aquella noche?, ¿se trató sólo de una alucinación por mi falta de sueño? Dedos, risas, patas, tentáculos se movían a mi alrededor y no fui ni soy capaz de concebir una voluntad que los justificase. Sus exploraciones pueden compararse tanto al interés de un cirujano como a las evoluciones de un domador de circo, tanto a los amagos de un idiota como a los movimientos de la hembra que amamanta. Mi lista es a propósito disparatada pero carece de retórica; no encuentro mejores palabras para describir (¿se puede describir lo que no se endiente?) lo que sentí aquella noche bajo las risas y los abusos de aquellos seres.


Insisto que se analice la nueva evidencia. La imposibilidad de que mi esposo, desaparecido hace más de 40 años, hiciera referencia a un artículo recientemente publicado es la prueba irrefutable de que se hallaba atrapado una terrible maraña de errores en el fluir del tiempo. Quizás aún se encuentre encerado ahí. Quizás continúen atormentándolo los tentáculos de aquella noche. Quizás esté esperando que alguien lo rescate. Quizás esté ahora mismo pensando en mí o quizás ya ni siquiera existe.

Intuyo que no he de encontrar en vida científico ni sabio que resuelva mis interrogantes ¡es una lástima que nuestra ciencia no nos alcance para regresar a los que ya han partido, aunque sea para verlos una vez más!



1Alcuvierre, Miguel, Journal of Phisics, Germany, 1999, pp. 122-150.

lunes 23 de julio de 2007

LOVECRAFT


Había pensado titular este ensayo como “Borges y Lovecraft”. Hasta hace un tiempo no me he hubiera parecido plausible un título como este. Las meditaciones de Borges, sus tramas intelectuales, pensaba, poco tenían que ver con Lovecraft (por otra parte, con este último tuve un desafortunado encuentro en mis primero años como lector: Las montañas de la locura me pareció abrumadoramente descriptivo).

Pero me topé con “There are more things”,1 un excelente cuento del argentino dedicado a la memoria de Lovecraft. Fue este el anzuelo que me condujo a uno y otro libros de terror. El primero de ellos me hizo revivir la mala impresión acerca de la descripción inútil. Algunos cuentos de Lovecraft como “Encerrado con los faraones” o “En los muros de Eryx”2 bien podrían reducirse en cuartillas y ganar en tensión. ¿Cuál es el motivo de Lovecraft para describir tan copiosamente? La respuesta más sencilla -y por consiguiente, la falsa- es que se trata de un mecanismo para generar verosimilitud. Pero si su descripción es un tanto molesta en estos cuentos, lo es aun más la adjetivación (no debe ponerse mucha seriedad en esta afirmación, ya que bien puede tratarse de un asunto de traducción). Toparse casi a cada línea con un “terrible” o un “demoniaco” produce más risa que miedo. Algunas veces, Lovecraft parece casi empujar sus textos a la autoparodia. Me da la impresión de que leer estos cuentos es un tanto como zamparse un pastel sólo para disfrutar la cereza.

Puede increparse que por qué escribo de Lovecraft si me ha parecido tan malo. Pero esto último no es cierto. Sus “errores” no pesaron más que su genialidad, misma que me empujaba a seguir leyéndolo. Y no me decepcionó. El siguiente libro suyo con que me topé fue Los que vigilan desde el tiempo.3 No sé qué me llama tanto la atención de este libro. Para empezar, no pude resistirme al título. Me pareció sugerente el hecho, quizá, de superioridad que implica la vigilancia, pero sobre todo el hecho de que se hace desde “el tiempo”. El título original del cuento que da titilo al libro es “The Watchers out the time”; y me atrevo a decir que la traducción en español no es adecuada e incluso -a pesar se su belleza- es contraria al original. Más correctas son las siguientes aproximaciones: “Los que vigilan sin tiempo”, “Los que vigilan fuera del tiempo”, “Los que miran sobre el tiempo” o abusando un poco de los términos: “Los que vigilan al tiempo”. Me parece necesario hacer esta aclaración porque la cualidad de estos seres es que son ajenos al tiempo y al espacio. Para ellos pasado, presente y futuro o los puntos cardinales carecen de sentido, y es por eso que pueden ser llamados desde cualquier parte y en cualquier momento. Estuvieron en la tierra mucho antes que nosotros, están ahora y amenazan con dominarnos y dominarla. La escala de tiempo de la civilización se reduce a un suspiro; la tierra, a un punto y la humanidad a un mero error de estos seres perversos.

¿Qué me aterra tanto de los cuentos de Lovecraft? Quizás que sus dioses son detestables, pervertidos, invisibles y, sobre todo, extraterrestres. Por otra parte, me fascinan sus ventanas; por ellas no se mira hacia fuera de la habitación sino hacia otro universo. Es como si ese agujero practicado en la pared, nos recordara que afuera existe lo inimaginado, lo desconocido, y que por fuerza, todo lo que escapa de nuestra razón es amenazante y horrible. La ciencia humana se reduce a los pequeños muros de esa habitación, un minúsculo espacio que se esfuerza eternidad del universo, y que puede ser borrado o destruido en cualquier instante.

En aquellos cielos ajenos y en aquella tierra consumida se movieran grandes seres amorfos que vinieron rápidamente hacia mí con intenciones claramente maléficas, como pulpos grotescos o seres de pesadilla que volaban con enormes alas negras y proyectaban hacia mí sus garras. / Sintiendo que la cabeza me daba vueltas, aparte la vista y me bajé de la librería.4

23/07/07

bibliografía

Borges, Jorge Luis, El libro de arena, Emecé, Argentina, 2003.

Lovecraft, H. P., El clérigo malvado y otros relatos, tr. Francisco Torres Oliver, Alianza Editorial (Biblioteca de fantasía y terror, 8159), España, 2002.

Lovecraft, H. P. y A. Derleth, Los que vigilan desde el tiempo y otros cuentos, tr. Rafael Llopis, Alianza Editorial (Biblioteca de Fantasía y terror, 8157), España, 2003


1En Borges, Jorge Luis, El libro de arena, Emecé, Argentina, 2003.

2Ambos en Lovecraft, H. P., El clérigo malvado y otros relatos, tr. Francisco Torres Oliver, Alianza Editorial (Biblioteca de fantasía y terror, 8159), España, 2002.

3Lovecraft, H. P. y A. Derleth, Los que vigilan desde el tiempo y otros cuentos, tr. Rafael Llopis, Alianza Editorial (Biblioteca de Fantasía y terror, 8157), España, 2003

4Lovecraft, H. P. y A. Derleth, Los que vigilan desde el tiempo y otros cuentos, tr. Rafael Llopis, Alianza Editorial (Biblioteca de Fantasía y terror, 8157), España, 2003, p. 120