No es ninguna novedad que él ha desaparecido. Escribo esta carta como último recurso, aunque no sé para qué. Quizás con la esperanza de que aquellos que me sobrevivan (estoy ya por cumplir mi septuagésimo aniversario) sepan interpretar mejor los hechos que yo tanto he desmenuzado inútilmente. Seguramente lo hago para acallar mi conciencia y convencerme a mí misma que no he dejado una piedra sin mover ni una puerta sin llamar, sobre todo ahora que he hallado nueva evidencia sobre el caso. La evidencia no es ni de lejos abundante pero sí contundente si se toman en cuenta los intervalos de tiempo. Dicha evidencia se reduce a la nota número 1 (nótese sobre todo la fecha) que yo he agregado al segundo de los dos textos de mi esposo. A continuación, una transcripción íntegra de ambos:
Texto uno:
Todo comenzó desde que el profesor Ganem se ausentó (¿está de más para este relato agregar que fue sin razón aparente?), así que yo tuve que cubrir su puesto frente al grupo; la molesta burocracia educativa no permite abandonar a los alumnos a mitad de curso, pero tampoco, como es de suponerse, nos permite a los investigadores dejar nuestras ocupaciones. Durante algún tiempo tuve que lidiar con muchachos en el día y mirar por el telescopio en las noches; mi cuota de sueño era de escasas tres horas continuas y algunas distanciadas siestas de diez minutos.
...
Me despertó un grito de Carla. Ella estaba frente a mí empuñando un cuchillo. Yo tenía la camisa ensangrentada y entonces la abofetee. Estábamos en la cocina; lo último que recordaba era que yo estaba picando vegetales para preparar el desayuno. Carla estaba en el suelo, la golpeé demasiado fuerte y ahora estaba atontada y con la boca sangrando. Fue entonces cuando sentí el dolor en mi dedo, al principio fue sólo una pequeña punzada, un picotazo; después, un dolor que me acalambraba la mano. Me faltaba un gran pedazo de piel y músculo, de modo que me podía ver el hueso ensangrentado.
Cuando regresé del hospital, la cocina parecía impecable: la sangre, el cuchillo, la tabla de picar estaban lavadas y guardadas meticulosamente. Tampoco estaban Carla ni sus cosas.
Esa noche soñé pesadillas sucesivas y diferentes: que perdía el brazo completo; que me hacían un implante de piel de cabra, que un gallo me picoteaba los ojos... Al día siguiente nada me importó, dejé el teléfono portátil, tomé el automóvil y manejé varios cientos de kilómetros. Me detuve en el primer hotel vulgar que encontré; la fachada tenía un letrero, iluminado con una penosa lámpara, que decía “Miércoles a mitad de precio”. Bajé las maletas y me dispuse a descansar. Extrañamente, esa noche no tuve sueño; en el cuarto no había televisor pero me distraje con las risas, las maldiciones y los gritos de mis vecinos. Al día siguiente no sucedió nada interesante; el que me haya visto, dirá que deambule con los ojos irritados, comí algo y cambié con alguien algunas palabras. La noche, invariable: no pude dormir. O mejor, debería decir: las noches; no sé cuánto tiempo pasé en ese hotel sufriendo el terrible estado de vigilia. Cuando estaba en la universidad luchaba, contra mis deseos, por mantenerme despierto. Pero ahora sucedía lo contrario, luchaba por dormir y era como si mi cuerpo y mi cerebro ya no quisieran descansar.
...
Me despertaron los golpes de la camarera. El reloj marcaba las dos de la tarde; el dueño quería saber si le iba a pagar otra noche o exigía que abandonara la habitación inmediatamente. Le dije que iba a bajar. Me sentía de maravilla, estaba descansado y alegre. Mi mente estaba despejada y vi todo con claridad. Inmediatamente me preocupé por mi actitud con Carla, tenía que hacerle cuanto antes una llamada telefónica y quizás comprarle unas flores. Me asomé por la ventana para buscar un mercado donde comprarle algo que sirviera para disculparme. Afuera sólo estaba la carretera, una llanura inmensa y un hombre colocando un letrero en la fachada que decía “martes mitad de precio”. Entonces me sorprendí ¡había estado en ese hotel casi una semana completa y casi ni lo recordaba! Seguro todos me estarían buscando y Carla estaría muy preocupada. Me apresuré a afeitarme, bajé las escaleras y pagué.
Cuando llegué a casa, Carla me saltó al cuello y me llenó de besos. Inmediatamente después, se enfadó conmigo y me reprochó no haberle avisado de mi salida. Había pasado la noche muy preocupada, llamó a mi madre y en el teléfono de la policía le dijeron que para considerarme desaparecido tenían que pasar más de 48 horas. Estaba alterada y contenta pero me sorprendió que no mencionara absolutamente nada de lo que sucedió en la cocina. No tenía ningún moretón y deduje que una semana era más que suficiente para se le hubiera borrado. Le tomé las manos lleno de alegría y fue entonces cuando dio un salto hacia atrás, estaba horrorizada por mi cicatriz. "Es muy fea, Carla, pero no es para tanto”, le dije.
Estaba muy enfadado con ella; fingía no recordar el accidente, la pelea ni la cicatriz, así que nos fuimos a la cama molestos. Al día siguiente, sonó el reloj a las ocho de la mañana, era un miércoles, Carla estaba a mi lado y decidí quedarme dormido un poco más. Me puse boca abajo para evitar la luz que ya entraba por la ventana. Pero ojalá nunca lo hubiera hecho. Ese simple movimiento revivió en mi memoria por completo aquello que me había sucedido las otras noches.
Hasta aquí lo escrito por mi esposo. No puedo leerlo sin dejar de recordar aquella época funesta: su pequeña pero inexplicable cicatriz y su talante preocupado y melancólico. Esa mañana me contó algunos trozos de “aquello que me había sucedido las otras noches”. Yo no le creí entonces, de la misma forma en que nadie me cree hoy. Pero fue su desaparición definitiva lo que me hizo convencerme. Lo que me narró esa mañana es, más o menos, lo que se conserva en el siguiente texto:
Texto dos:
El duro ritmo de la universidad -clases durante el día y observaciones durante la noche- me había provocado trastornos del sueño; es por eso que algunos aspectos de mi experiencia puede atribuirse fácilmente a una debilidad, una mera flaqueza de la razón y no a fuerzas indescriptibles. Los otros, aún me tienen trastornado. Soy astrónomo y mi formación no incluye una especialización en física como la que me es necesaria en estos momentos. He investigado inútilmente y no he llegado a ninguna conclusión razonable. Por un lado, está ese famoso físico mexicano, Alcuvierre, que afirma haber descubierto una técnica para viajar en el tiempo. Por el otro, el grupo de los que no creen que sea posible, encabezado por el famoso Stephen Hawpkins. Sin embargo, todo es nada más que conjeturas sin pies ni cabeza que explican mi experiencia de un modo puramente fantasioso.
No supe cómo llegué afuera ni cuándo abandoné el hotel. Pensé que hacía una noche perfecta y lamenté no llevar conmigo el telescopio. Me quedé mirando fijamente el hermoso resplandor rojo de Antares. Después de un rato, noté que la estrella comenzó a deformarse. Decidí que se trataba de un efecto producido por mi cansancio, así que giré la cabeza y repasé las imponentes constelaciones del norte, Dragón, Cassiopea, Pegaso... No había nada raro en ellas y casi olvidé lo de Antares. Fui dando vuelta a la bóveda celeste hasta llegar al punto del que partí, y ahí estaba de nuevo. Se trataba de la misma deformación, aunque aparentaba tener mayor tamaño. Las estrellas cercanas me sirvieron de referencia para medir con exactitud su brillo. La deformación creció y fue opacando una tras otra estrellas. Antares ya no me parecía tan brillante y pronto la cosa era lo más brillante de todo el cielo. No podía tratarse de una estrella fugaz y por el rápido descenso en la magnitud, me pareció improbable que hubiera descubierto una supernova (casi sonreí al pensar bautizarla con mi nombre). Era algo que nunca había visto “Es un efecto óptico común”, me dije, “una perturbación en la atmósfera, una masa de aire caliente, un satélite artificial...” pero mientras más explicaciones encontraba, me parecían más y más absurdas. Pronto, todo a mi alrededor comenzó a brillar con un resplandor parecido al de la luna llena. Me tallé los ojos de nuevo, mire hacia el piso, me miré las manos (ahí estaba mi herida claramente iluminada), y el resplandor se hacía cada vez más fuerte.
Cuando me di cuenta ya estaba tirado bocabajo y cubriéndome el rostro. Podía ver incluso a través de mis párpados el sólido resplandor blanco, tan intenso que me producía dolor. Pero no estaba sólo en ellos: sentía que me atravesaba como a un vaso de agua transparente. Repentinamente, mis dientes comenzaron a vibrar como un zumbido de avispas, como si cada uno de ellos se golpeara contra todos los demás. Comprendí que lo hacían no tanto debido al miedo como a la luz, podía sentir a esa maldita luz penetrar mis cavidades oculares, rebotar en mi cráneo y a fuerza de golpes hacerlo vibrar.
Escuché las risas. Primero de lejos. Pero se fueron acercando hasta formar una especie de círculo a mi alrededor. Había momentos en que sonaban muchas al mismo tiempo; otros, en que se detenían y hacían zumbidos o balbuceos. Después, las sentí aún más cerca, me pasaban encima descaradamente y no pasó mucho antes de que sintiera algo en el tobillo. Estaba movilizado y apenas podía respirar, así que no pude emitir ni siquiera un grito. Me alzó el pantalón lentamente y lo sentí dudar antes de atreverse a tocarme la piel. Era algo frío y viscoso pero no podría decir si se trataba de un dedo o de una pata ¿Qué era eso que tocó aquella noche?, ¿se trató sólo de una alucinación por mi falta de sueño? Dedos, risas, patas, tentáculos se movían a mi alrededor y no fui ni soy capaz de concebir una voluntad que los justificase. Sus exploraciones pueden compararse tanto al interés de un cirujano como a las evoluciones de un domador de circo, tanto a los amagos de un idiota como a los movimientos de la hembra que amamanta. Mi lista es a propósito disparatada pero carece de retórica; no encuentro mejores palabras para describir (¿se puede describir lo que no se endiente?) lo que sentí aquella noche bajo las risas y los abusos de aquellos seres.
Insisto que se analice la nueva evidencia. La imposibilidad de que mi esposo, desaparecido hace más de 40 años, hiciera referencia a un artículo recientemente publicado es la prueba irrefutable de que se hallaba atrapado una terrible maraña de errores en el fluir del tiempo. Quizás aún se encuentre encerado ahí. Quizás continúen atormentándolo los tentáculos de aquella noche. Quizás esté esperando que alguien lo rescate. Quizás esté ahora mismo pensando en mí o quizás ya ni siquiera existe.
Intuyo que no he de encontrar en vida científico ni sabio que resuelva mis interrogantes ¡es una lástima que nuestra ciencia no nos alcance para regresar a los que ya han partido, aunque sea para verlos una vez más!